Cada vez estoy más convencido de que no todos los videojuegos tienen que durar 40, 60 o incluso 100 horas para justificar su existencia. Hay títulos que entienden perfectamente cuál es su propuesta, cuánto tiempo necesitan para desarrollarla y cuándo deben bajar el telón antes de terminar agotando sus propias ideas. The Adventures of Elliot: The Millennium Tales es uno de ellos.
Square Enix vuelve a demostrar que el estilo HD-2D sigue siendo una apuesta ganadora, pero reducir la aventura de Elliot a “otro juego bonito con pixel art” sería tremendamente injusto. Bajo su espectacular dirección artística encontramos un RPG de acción con alma de Zelda clásico, un sistema de personalización sorprendentemente profundo y una jugabilidad que consigue enganchar prácticamente desde el primer momento.
No es perfecto ni pretende reinventar por completo el género. Su historia tarda en encontrar momentos realmente memorables, el control de Faie puede resultar incómodo y la reutilización de escenarios y enemigos entre las diferentes eras termina pesando. Sin embargo, ninguna de esas carencias consigue restarle pulso a una aventura que se ha convertido, por méritos propios, en una de las grandes sorpresas de 2026.
Una aventura que sabe cuánto debe durar
Durante los últimos años hemos normalizado que cualquier RPG tenga que ofrecernos decenas y decenas de horas, enormes mapas abiertos y listas interminables de tareas para justificar su precio. The Adventures of Elliot: The Millennium Tales demuestra que la duración no debería medirse únicamente por la cantidad de contenido, sino por la calidad del tiempo que pasamos jugando.
La aventura mantiene un ritmo muy bien calculado y evita convertirse en uno de esos títulos que parecen no querer terminar nunca. Hay tiempo para explorar, experimentar con armas, completar encargos secundarios y buscar secretos, pero también existe una clara sensación de progreso. Siempre estamos consiguiendo una nueva herramienta, descubriendo una ruta o avanzando hacia el siguiente gran objetivo.
Esta duración media de unas 20 horas si completas la historia, le sienta especialmente bien porque permite profundizar en sus sistemas sin agotarlos por completo. El juego no necesita extenderse obligatoriamente más allá de las 30 horas para dejar un buen recuerdo. De hecho, una de sus mayores virtudes es precisamente saber cuándo acelerar y cuándo dejar que el jugador se entretenga explorando.
Secundarias que merecen nuestro tiempo
Las misiones secundarias también ayudan a que el contenido opcional no se sienta como simple relleno. Muchas aportan pequeños detalles sobre los personajes y el mundo, mientras que otras ofrecen recompensas que tienen una utilidad increíble en combate o exploración.
No estamos ante una sucesión de recados introducidos únicamente para inflar el contador de horas. Completar estos encargos permite conocer mejor a los habitantes de cada época, conseguir recursos valiosos y desarrollar nuevas posibilidades para Elliot. Esta relación entre historia y recompensa consigue que desviarnos del camino principal casi siempre merezca la pena.
Un Zelda clásico vestido con el estilo HD-2D
La comparación con The Legend of Zelda: A Link to the Past resulta inevitable. Elliot es un aventurero que recorre el mundo desde una perspectiva elevada, utiliza espada, escudo, arco, bombas y otras herramientas, se introduce en mazmorras temáticas y resuelve pequeños puzles para continuar avanzando.
Square Enix no intenta ocultar estas influencias. Al contrario, las utiliza como una base reconocible sobre la que construir su propia aventura. Quienes hayan crecido con los Zelda bidimensionales entenderán rápidamente su lenguaje y reconocerán muchos de sus códigos. Aun así, The Adventures of Elliot introduce suficientes sistemas propios para evitar sentirse como una simple imitación.
Una jugabilidad absolutamente adictiva
La mayor virtud del juego está en lo bien que se siente a los mandos. El combate es directo, rápido y muy satisfactorio. Golpear enemigos, esquivar ataques, bloquear en el momento adecuado y combinar las diferentes herramientas de Elliot genera un bucle jugable tremendamente adictivo.
Podemos llevar dos armas equipadas y alternar entre ellas en función de la situación. La espada es una opción equilibrada y fiable, pero el arco, las bombas y el resto del arsenal permiten abordar los enfrentamientos desde ángulos muy distintos. Los cambios se realizan con rapidez mediante menús radiales que detienen la acción, por lo que reorganizar nuestra estrategia nunca rompe el ritmo.
El sistema parece sencillo durante los primeros compases, pero va ganando matices cuando aparecen enemigos más peligrosos y jefes que exigen aprovechar mejor nuestras opciones. Bloquear un golpe, dejar aturdido al rival y aprovechar esa ventana para infligir daño crítico resulta especialmente satisfactorio. También podemos utilizar el escenario, atacar desde zonas elevadas o provocar reacciones en cadena entre varios enemigos.
Además, el contador de golpes consecutivos recompensa jugar con cuidado. Encadenar bajas sin recibir daño mejora las recompensas, pero basta con cometer un pequeño error para perder el combo. Esta mecánica introduce una tensión muy agradable incluso durante los enfrentamientos aparentemente rutinarios.
Las Magicitas cambian por completo el combate
Si la acción es el corazón de la aventura, el sistema de Magicitas es su gran capa de profundidad. En lugar de confiar toda la progresión en subir niveles y mejorar estadísticas, el juego permite modificar el comportamiento de las armas mediante cristales con diferentes efectos.
Podemos aumentar el daño, aplicar estados alterados, aturdir enemigos o crear combinaciones más elaboradas. Una flecha puede adquirir la posibilidad de provocar quemaduras y otra Magicita puede hacer que los enemigos incendiados exploten. De esta forma, dos mejoras aparentemente independientes terminan convirtiéndose en una build capaz de destrozar grupos enteros o derretir la barra de vida de un jefe.
Lo mejor es que las Magicitas pueden cambiarse en cualquier momento. No estamos obligados a elegir una configuración definitiva ni a regresar a un punto concreto para reorganizarla. Si una estrategia no funciona, abrimos el menú, cambiamos los cristales y probamos otra cosa.
Esta flexibilidad invita constantemente a experimentar. Un arma que parecía poco útil puede convertirse en nuestra favorita tras encontrar la combinación correcta, y un combate complicado puede cambiar por completo al modificar un par de efectos. El sistema tiene suficiente profundidad para entusiasmar a quienes disfrutan buscando configuraciones potentes, pero nunca resulta tan complejo como para espantar a quienes solo quieren continuar la aventura.
Faie es una buena compañera, aunque no siempre una buena herramienta
Elliot no viaja solo. Faie actúa como compañera, apoyo mágico y pieza fundamental tanto en los combates como en determinados puzles. Sus habilidades permiten atacar enemigos a distancia, interactuar con mecanismos y abrir nuevas posibilidades de exploración.
Como personaje resulta agradable y su relación con Elliot aporta ligereza al viaje. El problema aparece cuando tenemos que controlarla directamente en el modo para un jugador. Alternar entre ambos o dirigir sus movimientos durante determinadas situaciones puede sentirse menos natural de lo deseable.
No llega a arruinar los combates ni la exploración, pero sí provoca algunos momentos de fricción. En una aventura donde Elliot responde con tanta precisión, cualquier pequeña incomodidad al manejar a Faie destaca más de la cuenta. También puede ofrecer pistas demasiado pronto, restando satisfacción a ciertos puzles, aunque es posible reducir parcialmente la frecuencia de sus intervenciones.
El pixel art sigue teniendo mucho que decir
Durante años, algunas personas entendieron el pixel art como una limitación técnica. Hoy me parece exactamente lo contrario: es una decisión artística. Y The Adventures of Elliot vuelve a demostrar por qué.
Square Enix lleva tiempo perfeccionando su estilo HD-2D, combinando personajes y elementos pixelados con iluminación moderna, profundidad de campo y escenarios tridimensionales. Sin embargo, esta es una de las primeras ocasiones en las que esa estética se pone al servicio de un RPG de acción de estas características.
El resultado es precioso. Bosques, volcanes, ciudades y ruinas están construidos con una atención al detalle extraordinaria. La iluminación transforma los escenarios, las partículas refuerzan los impactos y los enormes sprites de algunos jefes recuerdan por qué los grandes clásicos de los noventa continúan siendo visualmente impresionantes décadas después.
Un viaje temporal que no transforma suficiente el mundo
El gran concepto narrativo y jugable de The Millennium Tales es el viaje a través de distintas eras. Visitamos el mismo mundo en diferentes momentos de su historia, descubrimos cómo han cambiado determinados lugares y observamos las consecuencias de algunos acontecimientos.
Sobre el papel, la idea tiene un potencial enorme. En la práctica, no siempre se aprovecha tanto como cabría esperar.
La repetición termina pesando
Es comprensible que las diferentes eras compartan una misma geografía. Después de todo, estamos recorriendo el mismo continente en distintos momentos. Sin embargo, las variaciones entre épocas no siempre son lo bastante profundas como para evitar la repetición.
Muchas zonas mantienen una estructura demasiado similar, las mazmorras recurren a planteamientos conocidos y buena parte de los enemigos aparece una y otra vez. Cambian algunos caminos, edificios y detalles visuales, pero no siempre existe la sensación de estar explorando un mundo verdaderamente transformado por el paso de los siglos.
Este problema se hace más evidente conforme avanzan las horas. Las primeras visitas despiertan curiosidad por comprobar qué ha ocurrido con cada lugar, pero las similitudes terminan reduciendo parte del impacto. El juego podría haber aprovechado mejor sus saltos temporales para introducir ecosistemas, amenazas y asentamientos mucho más diferenciados.
Las mazmorras cumplen, pero pocas sorprenden
Las mazmorras mezclan combates, plataformas, exploración y rompecabezas. Funcionan bien y mantienen un ritmo agradable, aunque rara vez alcanzan la complejidad de los mejores referentes del género.
Los puzles suelen ser sencillos y las rutas resultan bastante claras. Esto hace que sean accesibles y evita bloqueos frustrantes, pero también provoca que pocos desafíos obliguen a detenerse y pensar de verdad. El diseño acompaña correctamente a la aventura, aunque no siempre consigue dejar imágenes o soluciones memorables.
Una historia que acompaña más de lo que lidera
La historia cumple su función, presenta personajes agradables y ofrece algunos momentos emotivos, especialmente durante sus compases finales. Sin embargo, no es el apartado que más destaca.
Durante buena parte del viaje, la narración parece estar al servicio de llevarnos hasta la siguiente zona, mazmorra o periodo histórico. Elliot resulta carismático y es fácil empatizar con su deseo de ayudar a quienes encuentra, mientras que Faie aporta personalidad a los diálogos. Aun así, el argumento tarda demasiado en mostrar sus cartas más interesantes.
Los momentos de mayor impacto llegan bastante tarde, y parte del desarrollo más atractivo queda vinculado al contenido posterior y a la búsqueda de los diferentes desenlaces. Quienes profundicen encontrarán una conclusión mucho más satisfactoria, pero la historia principal por sí sola puede sentirse algo secundaria frente al combate y la exploración.
Conclusión
The Adventures of Elliot: The Millennium Tales no será el nuevo referente absoluto de los RPG de acción, pero tampoco lo necesita. Su enorme virtud está en entender exactamente qué tipo de aventura quiere ofrecer y no perder el tiempo intentando convertirse en algo que no es.
La jugabilidad es tremendamente adictiva, el sistema de Magicitas aporta una profundidad magnífica y su precioso apartado HD-2D demuestra que el pixel art sigue siendo una de las decisiones artísticas más poderosas del videojuego actual. También acierta con una duración contenida y con unas misiones secundarias que respetan nuestro tiempo y ofrecen recompensas con utilidad real.
Sus principales carencias están claras. Faie puede resultar incómoda de controlar, la historia queda en un segundo plano y la reutilización de escenarios, mazmorras y enemigos entre épocas acaba generando una repetición difícil de ignorar. El viaje temporal prometía transformar mucho más el mundo del juego.
Pero ninguna de estas debilidades consigue romper su ritmo ni apagar sus mejores ideas. Square Enix ha construido una aventura directa, bonita y muy divertida que entiende que veinte o treinta buenas horas pueden ser mucho más valiosas que una campaña inflada artificialmente.
The Adventures of Elliot: The Millennium Tales se ha convertido en una de las sorpresas de 2026 y en uno de esos juegos de notable que muchos terminarán disfrutando más que algunos sobresalientes. Además, quienes quieran conocer las primeras impresiones que despertó antes de su lanzamiento pueden consultar nuestra anterior cobertura sobre las primeras opiniones de The Adventures of Elliot.
Nota final
8/10
Lo mejor
- La jugabilidad es absolutamente adictiva.
- El sistema de Magicitas aporta profundidad y permite crear combinaciones muy potentes.
- El estilo HD-2D vuelve a demostrar que el pixel art sigue más vivo que nunca.
- Su duración está muy bien ajustada y evita alargar artificialmente la aventura.
- Las misiones secundarias tienen sentido tanto por sus historias como por sus recompensas.
Lo peor
- El control de Faie puede resultar incómodo en el modo para un jugador.
- La historia rara vez se convierte en el principal atractivo.
- La repetición de escenarios, mazmorras y enemigos entre eras termina pesando.
- El viaje temporal no transforma el mundo tanto como prometía.
















